Los luneses de casi julio no son todos iguales. Anoche volví al pasado en pesadillas dormidas.
Debe de ser el findesemana.
Un sordomudo intentando congeniar con una rubia en un café en la puerta de orleans, un casi ciego sacando dinero de un cajero, el hombre respirando éter etílico, esperar mirando.
Estar en fiestas de veinte metros cuadrados, uno por persona, beber cervezas y escuchar a la granjera hija de la vaca, preguntarse si el amor, dependerá también de la oferta y la demanda. Volver a casa sólo solo en taxi desde lejos, tampoco tan lejos.
Pasar de alumno a profesor, triplicar los trabajos, multiplicar la locura, decidir.
Pintar los sábados por la mañana, para no decirse que no pinto nada en la vida, ir a los museos de arte contemporáneo vestidos de pan. Preguntarme sobre la ética del arte moderno. El arte moderno que grita muertes en pos de que todo es bello a nuestro alrededor. Ante la mezcla cultural, la multiplicación de la desigualdad y las injusticias, tengamos a buena distancia a los simplificadores de la realidad. Cuestión de no tenerse que curar en salud un día de estos.
Hacer de cenar para cinco, ir a la rue de la clef seguramente por penúltima vez. Volver a dormir.
Pasear un domingo por el parque y preguntarse por la salud y el futuro.
Trabajar un rato para no perder las malas costumbres un domingo.
Crêpes con calor y sin sitio. El punto de comparación entre las cenas.
Lo mejor es lo malo conocido.
Lo conocido de lo mejor es que es malo.
Desayunos.
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